La sabiduría popular, además de ser muy rica en dichos, encierra toda una filosofía producto de anónimos pensadores. Con el devenir de los años han logrado, por medio de la tradición oral, grandes aportaciones, parte de una especial cultura que no carente de profundidad merece ser reconocida y respetada, ya que en unas simples frases se encuentra consignado el resultado de experiencias y observaciones de nuestros antepasados, que, al enriquecerlas, pasan a tener el gran contenido de una filosofía muy simple para las masas, al grado tal que los refranes y los dichos, en muchos casos, son el soporte formativo de la educación que durante décadas se utilizó para guiar a los hijos, principalmente en el campo mexicano.

Una de estas frases, que durante muchos lustros se ha empleado es la que reza: “cuando el río suena es que agua lleva”. Por su concepción permite afirmar algo obvio, sin comprometerse respecto a algo que se conoce y que tiene fundamento de veracidad, pero que por las circunstancias de dispersión de la información no se puede demostrar hasta cuando se conocen los resultados. Cuando el mismo pueblo logra formular sus deducciones y se hacen aparentes los resultados, la propia subjetividad en muchos casos resulta ser una ventaja, sobre todo tratándose de la fama pública de las personas, situación muy difícil de demostrar. Pero no así cuando se trata de objetos materiales, ya que tarde o temprano aparece parte de ellos o se aprecian sus resultados.

Durante mucho tiempo circuló el rumor de un “tesoro”: se trataba del cargamento de monedas y objetos valiosos con los que Maximiliano se acompañaba rumbo a Querétaro, saliendo de la Ciudad de México con su ejército como último intento para abandonar el país con dignidad, esperando que la suerte le fuese favorable y el General Miramón lograra la movilización de varios ejércitos en el centro y norte del país. Pero para una acción militar desesperada se requería de dinero, mucho dinero, al igual que Napoleón Bonaparte, que legó para la posteridad una frase: “para ganar una guerra son necesarias tres cosas: dinero, dinero, y más dinero”; y Maximiliano Emperador lo traía, bien custodiado por gente de toda su confianza: los zuavos, que formaban lo más selecto del ejército imperial.

Una parte de estos objetos valiosos podían apreciarse públicamente en los acompañantes del Emperador, e incluso muchos quedaron en Querétaro, como regalos de Maximiliano a distinguidas damas que los conservaron como tesoros muy apreciados. Aquí quedaron abanicos europeos hechos con fino marfil y exóticas plumas de avestruz, auténticas obras de arte decoradas a mano, e incluso el anillo imperial de Maximiliano que posteriormente — y sólo hasta hace unos cuanto años–, fue donado al gobernador para que lo entregara al Museo de Querétaro, en donde debe de encontrarse actualmente en resguardo, tal como fue la intención de su donante.

También en Querétaro, las monedas con la efigie del Emperador, conocidas como “Maximilianos”, acuñadas en oro puro, circulaban y fueron atesoradas como invaluables recuerdos, sólo visibles al ser utilizadas en elegantes bodas como tradicionales “arras”, o en exóticos llaveros y broches porta billetes, algunas otras más en cadenas de oro, las de mayor tamaño, o como pendientes, las pequeñas conocidas con el diminutivo de “Maximilianitos”.

El factor determinante para la emergente estrategia de refugiarse en Querétaro, además de los grupos simpatizantes que había en la localidad, lo constituía la salida que el General Tomás Mejía había planeado con rumbo al puerto de Tampico, por el territorio que conocía muy bien, y que además tenía controlado, por ser originario de la Sierra Gorda, y contar entre sus hombres con una gran cantidad de indígenas de diferentes partes de la agreste región; esto a pesar de las bajas sufridas en aquellos 500 aguerridos jonaces con quienes arribó la primera vez a Querétaro en 1856, y que a su lado participaron en sus múltiples combates y compartieron sus triunfos.

En su visita al castillo de Miramar, el grupo de conservadores encabezado por Gutiérrez de Estrada, en medio de la fastuosidad con que fueron recibidos –derroche de lujos y ostentación, incluidos los combates navales simulados en honor de los visitantes–, aunque acudían a comprar al príncipe extranjero para gobernar a México, tuvieron por fuerza que prometerle lujos y riquezas comparables a las que en apariencia Maximiliano de Habsburgo disfrutaba, ya que es conocido que uno de los factores que forzó su aceptación fueron las deficientes finanzas. Maximiliano, entre otras cosas, venía para lograr una fortuna tal que le permitiera sanear sus malos manejos económicos, y México siempre ha sido muy “noble” con sus gobernantes; por lo tanto, en actitud muy humana, tenía más que suficiente para regresar con una buena cantidad de oro y plata, que también, en determinado momento, podría servirle para darla a cambio de su libertad. No existe la menor duda: el dinero era más que indispensable por el trance en que se encontraba; por lo tanto, este Tesoro Imperial existía, por fuerza tenía que ser real y estratégico.
A su arribo a Querétaro, el 8 de febrero de 1867, una columna numerosa se desprendió antes de San Juan del Río, con mucha anticipación al Sitio impuesto por el Gral. Mariano Escobedo. Este grupo estaba formado por los hombres más cercanos y fieles al Emperador: se trataba del contingente selecto de zuavos, que, aunque asimilados al ejército “francés”, su origen era muy diferente. Ellos formaban la avanzada hacia el puerto de Tampico, con su secreto cargamento conteniendo el rico tesoro del Imperio, y durando su trayecto lo suficiente para dejar, más que testimonio de su paso, sus genes en diferentes lugares, como Ezequiel Montes, Jaguey Grande, Bernal, Cadereyta, y algunas partes del norte del estado, con descendencia de marcados caracteres europeos, pero no de franceses. En su errante deambular, que duró varios meses en espera de noticias, la marcha de este conjunto de soldados, con sus vistosos uniformes y armas, pero sobre todo su presencia física contrastante con la de los nativos, los hizo fácilmente localizables, y cuando la noticia de la aprehensión y caída de la plaza el 15 de mayo de 1867 trascendió que se iniciaba un juicio en contra de Maximiliano, Miramón y “papá Tomasito” –como se conocía al general Tomás Mejía en la Sierra Gorda–, sus hermanos de raza, sabedores de que mucho se podía arreglar con dinero y así salvar al valiente general Mejía, se esforzaron en tratar de conseguir lo imposible entre los desposeídos y paupérrimos indígenas. Como la situación era apremiante afloró la conciencia de clase entre iguales, y los rumores existentes de que parte de los integrantes de una avanzada, que eran indios como ellos, les habían enterado que se encaminaban rumbo a Tampico con misteriosa y pesada carga, en más de 40 mulas, ya muchos decían que se trataba de un cargamento de oro, que en estas condiciones les podía servir para pagar a cambio de la vida de su jefe, de su “papá Tomasito”. A marchas forzadas, en tres días les dieron alcance. Lo que aconteció nunca se supo.

Los años transcurrieron. Cambió el siglo. Este pasó entre especulaciones y rumores, algunos afirmaban que el tesoro que nunca entró a la capital queretana y que tampoco llegó al puerto de Tampico, se encontraba escondido en las viejas casonas de la capital, otros decían que, en el Cimatario, en cuevas o en unas añosas palmas yucas, pro no, no había nada. Aunque el río sonaba, y sonaba mucho, el agua no aparecía. Fue en los años veintes cuando en el poblado del Plan de Hongos, del municipio de Jalpan, ahora perteneciente a Landa de Matamoros, y relativamente cercano al puerto de Tampico, durante toda una noche fue trasportado un “gran cargamento” de algo que se suponía eran monedas de oro, en virtud del poco volumen de las alforjas, pero cuyo gran peso doblegaba a la recua de mulas encargadas del transporte, según testimonio de añosos lugareños. Encontrado, como suele suceder, “casualmente”, y como dice el refrán, al “que le toca, le toca”, le tocó a una persona que supo manejarlo, él y sus descendientes. Conocer su nombre sale sobrando. Quedó perdido en esos montes queretanos.

Por Jaime Zuñiga Burgos

Queretano por nacimiento, Jaime Zúñiga Burgos cuenta con una muy amplia trayectoria en actividades políticas, sociales y culturales. Su formación de médico cirujano y licenciado en derecho, así como sus estudios de maestro en administración pública lo enfocan al humanismo. Lo mismo ha recuperado valiosas piezas arqueológicas que ha rescatado, importante documentos para la historia de México como el testamento original de Doña Josefa Vergara y Hernández, el decreto del presidente Benito Juárez para el cambio del sistema de medidas en la Republica, las mercedes de aguas del pueblo de Querétaro entre otros. Además de la ubicación de los restos del Marqués Juan Antonio de Urrutia y Arana en la iglesia de San Hipólito en la capital de la Republica. Preocupado por la pérdida de documentos de Querétaro junto con otros distinguidos académicos, fundó Preserva Patrimonio A.C. organismo creado para el rescate de nuestro patrimonio histórico. Actual Cronista del estado de Querétaro

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